No me da miedo enfrentarme a Dios. No tanto como enfrentarme a mí mismo.
Realmente, yo puedo vivir muy feliz, con mi trabajo, con la gente que me rodea, asumiendo o eludiendo problemas... comprando, paseando, mirando la televisión, escuchando la radio...
Pero mi vida se termina cuando estoy solo. Cuando me miro.
Si todo va bien, fenomenal. Pero cuando algo falla, siento el desamparo.
Hasta ahora el orgullo bastaba para sobrellevarlo. Pero me he sentido tan vulnerable, indefenso y abandonado que, al verme ante el espejo, he necesitado la mirada aquella que, en tiempos, supo, quiso y pudo acompañarme.
Ni siquiera he pretendido reencontrarla el primer día.
No me da miedo enfrentarme a Dios, porque sé que no es Él quien puede hacerme daño.
Quiero abrir nuevas ventanas en esta vieja casa y contemplar el paisaje, sentir el aire fresco y reencontrarme con la esperanza.
Quizás sea el momento de salir del encierro egoísta y prepotente. El momento del reencuentro con el Dios que despedí de mi vida hace demasiados años, y al que he recurrido sólo cuando me he visto agobiado, superado por pequeños e insignificantes contratiempos en la vida.
Porque, en un momento determinado, decidí no creer en Dios. Su existencia me resultaba inexplicable, ilógica. Antinatural.
Intenté siempre respetarlo, pero no lo conseguí. Llegué a burlarme de Él públicamente, quizás pretendiendo dar una imagen desafiante ante los creyentes que me escuchaban.
Pero mi pusilanimidad me llevaba a mostrarme temeroso de Dios en la más estricta intimidad, sabedor de que Dios, aun disgustado, no me iba a castigar jamás.
Sigo sin creer en Dios. Pero me he propuesto ahondar en la idea que yo mismo tengo de Dios.
Va a ser difícil que nos entendamos. Dios, yo, quien lea esto.
Pero lo vamos a intentar.