¿Dónde estaba Dios?
El arzobispo de Valencia, monseñor Agustín García-Gasco, se ha preguntado esta tarde, durante el funeral por las víctimas del accidente del metro valenciano, que dónde estaba Dios.
Esa misma pregunta se la hizo Benedicto XVI durante su visita al campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, donde murieron más de un millón de judíos, unos 150.000 polacos y miles de ciudadanos de otros países.
Reconforta saber que los más directos representantes de Dios en la Tierra tienen también estas dudas en las que se mezclan la rabia, la desesperación, la incomprensión, la desolación y el miedo.
Sucede cuando muere un ser querido: ¿dónde estás, Dios? ¿Por qué permites que sufra? ¿Por qué te lo llevas tan pronto? ¿Por qué no le has dado la oportunidad de seguir viviendo, de seguir creciendo humanamente, de seguir al lado de los suyos?
Me resulta curioso que yo, tan lleno de dudas, tan simple, tan inculto, sí sepa la respuesta a la pregunta:
Dios estaba en ese tren; Dios estaba en aquel campo de exterminio; Dios está al lado del ser querido que sufre. Y sufre con él.
Sufriendo con el ser humano, porque cuando le dio la libertad de pensar, de decidir y de obrar, supo que ya no podría intervenir nunca más en la vida de los humanos.
Y, entonces, sólo le quedó sufrir con ellos.