No sé si tener abandonado este espacio es tener abandonado a Dios. Empezó esta historia con el miedo y el desamparo, pensando que, efectivamente, sólo ese Dios, en el que ni siquiera creo, podría rescatarme, abrazarme y consolarme.

Me propuse entonces dedicarle un breve comentario, si no cada día al menos de vez en cuando. Pronto se me olvidó. Y cada noche, cuando me acuesto, pienso que tampoco me habría costado tanto escribir en el blog: "Gracias, Señor".
Gracias, aunque sea, por respetar mis dudas, por aceptar mis críticas, por tolerar mis burlas, por consentir mis desprecios, por admitir mi silencio...
Gracias por sentirte a mi lado sin agobiarme, por notar que no me echas nada en cara. Por saber que sin ser yo un buen hijo amado, me respetas y me quieres.
Y, tal vez algún día, puedas llegar incluso a perdonarme.